Las gotas de lluvia que
desde las tejas caen paralelas y desde el lejano cielo,
perpendiculares, parecían tejer un tapiz de agua sobre las
desprotegidas casas de Cacahoatán con el ufano auspicio de las
torpes manos de nuestro viejo Dios, mismo que ha puesto su diestra
sobre la agreste y vaporosa garganta del Tacaná; ya que estos
últimos amaneceres ha permanecido callado, aunque no ha dejado de
estremecerse muy tiernamente, arrullando día o noche al pueblo,
cuando se van o llegan las aguas, también con la asistencia de los
huidizos azacuanes.
Algún día ese anciano
de días se quedará dormido, acaso roncando celestialmente, en tanto
el otro viejo verde, altísimo guardián, aprovechará el leve
descuido de su divino custodio comenzando a alegar desde El Águila
hasta el estilizado reloj -que nunca nos da la hora- que se yergue en
el Parque Central, sentenciando a Cacahotán a vivir atrapado en un
momento eterno, preso en su celda de tiempo, sin muerte ni
resurrección, el viejo verde fustigará nuestro pueblo con sus
ardientes improperios haciendo arder nuestra tierra, como Nerón
asistido por los cristianos ardió Roma, con todos esos añejos reclamos
apiñados en su interior.
En Cacahoatán el tiempo,
nuestro tiempo, es cíclico, no rectilíneo como el de los otros
pueblos, la misma gota que yace trémula sobre el suelo sublima su
alma para que allá en el alto cielo vuelva a formarse una nube y las
húmedas almas se pongan nuevamente su traje de agua para caer y
regenerarse perpetuamente; así somos los oriundos de esta llorosa
tierra. Nadie en este pueblo se muere verídicamente, la muerte no
existe para los cacahoatecos; ni es un tránsito, ni un viaje como lo
es para otros pueblos, acá la muerte no es abstracta, es real,
¡hiperreal!, pero no existe...
La muerte en Cacahoatán es una vieja ciudad que todos -vivos, muertos, moribundos- habitamos, nosotros, los cacahoatecos somos, por así decirlo, ciudadanos de la muerte, ya vivos o muertos todos existimos debajo o encima de la tierra. Los muertos, después de la vida, existen más vívidamente. Nunca hacemos maletas para exiliarnos de la vida o de este pueblo. Ni los católicos, ni los pentecostales, ni los testigos de Jehová, ni los mormones, ni los adventistas, ni los presbiterianos; calvinistas, luteranos, arrianistas o agustinianos van pal' cielo, ni a los asesinos o rateros los espera impacientemente su parcela de infierno vivimos la muerte al pie del cerro.
La muerte en Cacahoatán es una vieja ciudad que todos -vivos, muertos, moribundos- habitamos, nosotros, los cacahoatecos somos, por así decirlo, ciudadanos de la muerte, ya vivos o muertos todos existimos debajo o encima de la tierra. Los muertos, después de la vida, existen más vívidamente. Nunca hacemos maletas para exiliarnos de la vida o de este pueblo. Ni los católicos, ni los pentecostales, ni los testigos de Jehová, ni los mormones, ni los adventistas, ni los presbiterianos; calvinistas, luteranos, arrianistas o agustinianos van pal' cielo, ni a los asesinos o rateros los espera impacientemente su parcela de infierno vivimos la muerte al pie del cerro.
Yo soy Chente Santelíz,
y este es el santo evangelio (las buenas nuevas que me jueron dadas): Yo estaba sentado en una mi silla o mi hamaca, no me acuerdo porque
estaba bolo, con las colas de los alacranes -cigarrillos sin
filtro- apagadas bajo mis patas y burula en mano, sin espíritu, no
pronuncio el divino adjetivo porque es la única blasfemia que no me
será perdonada, las otras pueden ser expiadas si me arrepiento
convincentemente antes de que regrese Cristo o yo estire la pata;
decía yo, sentado estaba, cuando he aquí miré un fuerte resplandor
que me hizo pasar bruscamente de mi mecedora a la banqueta, los
doitorcitos dirán que es causa de mi delirium tremens, pero yo lo vi
con estos ojos que ha de fermentar el trago y luego comerse la
lombricus terrestris o los gusanos.
"Chente, Chente", oí que decían a
gran voz, "¡Chente!" Que querés pregunté yo temerosamente “vení,
limpiame el culo chente” ordenó la insistente voz, que luego me fijé
que provenía de la sonora garganta de mamá Güicha que yace
inamovible con la pesada loza de la senectud sobre la cama, pero esta
vez no tuve juerzas para levantarme a limpiarle el culo, “Chente, huevón hijo de la chingada, perate que venga mi viejito del monte, Chente, Chente,” insistía la vieja verga, pero ahora llamando a mi
difunto padre como si después de muerto se hubiera ido a vivir a la
casa de enfrente, a la casa de don Tavo que también ya peló gallo y que
dicen que tenía su Nahual y dándose tres volteretas pa' delante y
tres pa' tras se convertía en gato, en misho, en miau-miau; una vez
yo le tiré piedras a ese gato de angora y varios vecinos me secundaron en
dicha lapidación, el gato iba malavareando sobre la barda de la casa
del Ameht, pero juyó y solo le pudimos quebrar una pata; al otro día
don Tavo amaneció vendado de la mano izquierda, ¡que bueno que le
quedó sana la derecha aunqueseiga pa' limpiarse el culo!, unos meses después se
murió el vejete, como ya no podía transustanciarse en su Nahual para entrar
a robarse la comida de las alacenas ajenas, tal parece que murió de inanición
según los díceres de la gente.
Cacahoatecos amémonos a
nosotros mismos, porque si aman a su semejante corren el azaroso
riesgo de ser llamados mampos, que el amor que mece mi hamaca (no de
Berriozábal) sacuda sus aletargados corazones y paralice las mitómanas manos que acarician la piel de la mentira que se inventan
los santos onanistas. Estoy mirando los escupitajos que he dejado
sobre la cara de la Virgen que apareció sobre mi banqueta (¡qué bonita pareidolia pasó gritando un poeta!), acá
donde yo me duermo o me desmayo de bolo, parece que no la quiso venir
a legitimar el Cura porque está hecha su carita con las colillas de
los cigarros, o alacranes que les digo yo, que han ahumado este
pedazo de banqueta, de todos modos ella me cuida. Amén.
Cacahaotán, 2009.
Cacahaotán, 2009.
¡Jaja! Lo leí en voz alta en la cocina de mi madre donde unas tías grandes preparaban mole junto con ella. La risa unísona y ocurrencia que te atribuyen, el ingenio que le sumo: sos un malditillo.
ResponderEliminarJaja, van a pensar que soy un blasfemo. Pero son personajes reales, incluso el gato de angora que hizo de las suyas en la cuadra. Mi tío Chente es leimotiv de muchas letras mías.
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