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domingo, 31 de marzo de 2013

El santo evangelio (cacahoateco) según Chente Santelíz



Las gotas de lluvia que desde las tejas caen paralelas y desde el lejano cielo, perpendiculares, parecían tejer un tapiz de agua sobre las desprotegidas casas de Cacahoatán con el ufano auspicio de las torpes manos de nuestro viejo Dios, mismo que ha puesto su diestra sobre la agreste y vaporosa garganta del Tacaná; ya que estos últimos amaneceres ha permanecido callado, aunque no ha dejado de estremecerse muy tiernamente, arrullando día o noche al pueblo, cuando se van o llegan las aguas, también con la asistencia de los huidizos azacuanes.

Algún día ese anciano de días se quedará dormido, acaso roncando celestialmente, en tanto el otro viejo verde, altísimo guardián, aprovechará el leve descuido de su divino custodio comenzando a alegar desde El Águila hasta el estilizado reloj -que nunca nos da la hora- que se yergue en el Parque Central, sentenciando a Cacahotán a vivir atrapado en un momento eterno, preso en su celda de tiempo, sin muerte ni resurrección, el viejo verde fustigará nuestro pueblo con sus ardientes improperios haciendo arder nuestra tierra, como Nerón asistido por los cristianos ardió Roma, con todos esos añejos reclamos apiñados en su interior.

En Cacahoatán el tiempo, nuestro tiempo, es cíclico, no rectilíneo como el de los otros pueblos, la misma gota que yace trémula sobre el suelo sublima su alma para que allá en el alto cielo vuelva a formarse una nube y las húmedas almas se pongan nuevamente su traje de agua para caer y regenerarse perpetuamente; así somos los oriundos de esta llorosa tierra. Nadie en este pueblo se muere verídicamente, la muerte no existe para los cacahoatecos; ni es un tránsito, ni un viaje como lo es para otros pueblos, acá la muerte no es abstracta, es real, ¡hiperreal!, pero no existe...

La muerte en Cacahoatán es una vieja ciudad que todos -vivos, muertos, moribundos- habitamos, nosotros, los cacahoatecos somos, por así decirlo, ciudadanos de la muerte, ya vivos o muertos todos existimos debajo o encima de la tierra. Los muertos, después de la vida, existen más vívidamente. Nunca hacemos maletas para exiliarnos de la vida o de este pueblo. Ni los católicos, ni los pentecostales, ni los testigos de Jehová, ni los mormones, ni los adventistas, ni los presbiterianos; calvinistas, luteranos, arrianistas o agustinianos van pal' cielo, ni a los asesinos o rateros los espera impacientemente su parcela de infierno vivimos la muerte al pie del cerro.

Yo soy Chente Santelíz, y este es el santo evangelio (las buenas nuevas que me jueron dadas): Yo estaba sentado en una mi silla o mi hamaca, no me acuerdo porque estaba bolo, con las colas de los alacranes -cigarrillos sin filtro- apagadas bajo mis patas y burula en mano, sin espíritu, no pronuncio el divino adjetivo porque es la única blasfemia que no me será perdonada, las otras pueden ser expiadas si me arrepiento convincentemente antes de que regrese Cristo o yo estire la pata; decía yo, sentado estaba, cuando he aquí miré un fuerte resplandor que me hizo pasar bruscamente de mi mecedora a la banqueta, los doitorcitos dirán que es causa de mi delirium tremens, pero yo lo vi con estos ojos que ha de fermentar el trago y luego comerse la lombricus terrestris o los gusanos.

"Chente, Chente", oí que decían a gran voz, "¡Chente!" Que querés pregunté yo temerosamente “vení, limpiame el culo chente” ordenó la insistente voz, que luego me fijé que provenía de la sonora garganta de mamá Güicha que yace inamovible con la pesada loza de la senectud sobre la cama, pero esta vez no tuve juerzas para levantarme a limpiarle el culo, “Chente, huevón hijo de la chingada, perate que venga mi viejito del monte, Chente, Chente,” insistía la vieja verga, pero ahora llamando a mi difunto padre como si después de muerto se hubiera ido a vivir a la casa de enfrente, a la casa de don Tavo que también ya peló gallo y que dicen que tenía su Nahual y dándose tres volteretas pa' delante y tres pa' tras se convertía en gato, en misho, en miau-miau; una vez yo le tiré piedras a ese gato de angora y varios vecinos me secundaron en dicha lapidación, el gato iba malavareando sobre la barda de la casa del Ameht, pero juyó y solo le pudimos quebrar una pata; al otro día don Tavo amaneció vendado de la mano izquierda, ¡que bueno que le quedó sana la derecha aunqueseiga pa' limpiarse el culo!, unos meses después se murió el vejete, como ya no podía transustanciarse en su Nahual para entrar a robarse la comida de las alacenas ajenas, tal parece que murió de inanición según los díceres de la gente.

Cacahoatecos amémonos a nosotros mismos, porque si aman a su semejante corren el azaroso riesgo de ser llamados mampos, que el amor que mece mi hamaca (no de Berriozábal) sacuda sus aletargados corazones y paralice las mitómanas manos que acarician la piel de la mentira que se inventan los santos onanistas. Estoy mirando los escupitajos que he dejado sobre la cara de la Virgen que apareció sobre mi banqueta (¡qué bonita pareidolia pasó gritando un poeta!), acá donde yo me duermo o me desmayo de bolo, parece que no la quiso venir a legitimar el Cura porque está hecha su carita con las colillas de los cigarros, o alacranes que les digo yo, que han ahumado este pedazo de banqueta, de todos modos ella me cuida. Amén.

Cacahaotán, 2009. 


2 comentarios:

  1. ¡Jaja! Lo leí en voz alta en la cocina de mi madre donde unas tías grandes preparaban mole junto con ella. La risa unísona y ocurrencia que te atribuyen, el ingenio que le sumo: sos un malditillo.

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  2. Jaja, van a pensar que soy un blasfemo. Pero son personajes reales, incluso el gato de angora que hizo de las suyas en la cuadra. Mi tío Chente es leimotiv de muchas letras mías.

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