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| Un gráfica de un grupo de gracejos en alguna cuadra de Unión Juárez. |
Una tradición de
orígenes disipados en la bruma de los años que ya no son, aquéllos
tiempos que sólo persisten en la mirada infinita de los abuelos
cacahoatecos. Los gracejos. Un baile burlesco en los perímetros de
tu cuadra; maestros albañiles, paleteros, tricicleros, olvidan la
diversidad de sus oficios para sumarse a la unanimidad de un grupo
ataviado de ropas femeninas y máscaras de la mujer maravilla; un
espectáculo de la otra Semana Santa que se vive en Cacahoatán,
heredada (luego) a otros pueblos del Soconusco.
El espectáculo es
enteramente surrealista, personajes andróginos vestidos con la ropa
menos pudorosa de sus familiares femeninos; cintos dorados, faldas
alejadas del recato de las rodillas, corpiños rellenos de papel
higiénico, medias raídas, de ésas que usan los rateros para
ocultar su desvergüenza, máscaras en gestos detenidos de tristura,
algarabía, o fatigosa mesura.
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| Un "bolo" enamorado de un gracejo. |
Por una cuota asequible
la marimba se estaciona en tu banqueta a tocar canciones del
repertorio popular, pero que indistintamente se bailan al estilo
fox-trot del Ferrocarril de los Altos de Domingo Batancour. Entre la
plebe no falta el clásico bolo que se enamora de un gracejo, el
espectáculo transcurre y las banquetas están satisfechas de
curiosos, aparece El Diablo vestido todo de rojo -por estos rumbos el
rojo es el diablo- que luego sale, como vomitado, de entre la
muchedumbre para irse a chupar una paleta porque no aguantó la
resolana.
Si tienes surte entre el
grupo estará La Novia vestida de nupcias, desgarbada, armado con un
niño de polietileno y paraguas estilo victoriano. Si es Sábado de
Gloria se aparece La Viuda, otro personaje notable, vestida toda de
luto con un huérfano de utilería en brazos; la pieza termina, bien
o mal ejecutada por avaros marimbistas, se oye la rechifla y un
sonido singular -difícilmente reproducible en una onomatopeya-
emerge, acaso comprable con la risa de las palomas habaneras (quien
haya asistido a una gracejeada y tenga en casa una paloma habanera
sabrá comprenderme).
Entre los espectadores la
opinión es siempre dividida, está el religioso que viene saliendo
del culto y se escandaliza porque ve cumplida la abominación de la
Biblia que lleva bajo el brazo sentenciada en Deuteronomio 22:5 y el
ciudadano secular proclamando contra todo pronóstico que la
tradición debe conservarse, porque como dicen: “ya no salen tantos
gracejos como en otros años”; una de dos, o se está perdiendo la
tradición o el pueblo ya tiene mas lejos las orillas. Los gracejos,
en Cacahoatán, siempre andan en coloridos y populosos grupos, con
los borrachos que se escaparon de la patrulla y niños que no
obedecieron a sus madres, los hay a veces hasta de grupo por barrio.
La marimba calla y todos
en rededor piden la ñapa, sujeta ésta a la buena voluntad de los
marimberos. El bolo vuelve al gracejo del que se enamoró y ahora
baila con más furia, poniendo sus manos hasta donde la espalda
pierde el pudoroso nombre, El Diablo se pasea entre la muchedumbre
menando la cola con su mano y de ves en cuando dándose el tiempo
para asustar algún chamaco suelto de las manos de su mamá. La gente
aplaude el espectáculo burlesco, los marimberos levantan a la
marimba en hombros, como un muerto, y se van a probar suerte a otra
cuadra con la larga cola de gracejos que los persiguen.
El verbo “gracejear”
no se conoce, sino por las tierras del Soconusco. Sé que en Huixtla
les llaman “Los Judas” o “Chavaricos”, Unión Juárez y
Tuxtla Chico también se han vuelto a la tradición de la gracejada
emanada de la tierra donde abunda el cacao, una tradición donde se
saludan el sonido prehispánico de la marimba -malamente atribuida a
los africanos-, y la gracia de su gente; seguramente por eso un
ilustre desconocido los bautizó con ese nombre, que según el
diccionario de la Real Academia de la Lengua significa: Gracia,
chiste y donaire festivo en hablar o escribir. El gracejo es pues, un
payaso de la vida, un mimo que aprendió a reír, un juglar de cuadra
en cuadra, un bufón que tiene por oficio devolverle la sonrisa al
pueblo.
Aquí donde no hay
teatros, ni obras para ser representadas, la gracejeada en los días
de Semana Santa suple, de gracioso modo, la necesidad de la plebe de
congregarse en torno a un espectáculo al aire libre. Diré algo a
título de curiosidad, porque no encontrando un elemento que vincule
a los gracejos con los días de la Semana Mayor, ni en su actuar, ni
en su graciosa indumentaria, recuerdo que una vez un pastor
evangélico me dijo señalando con el dedo acusador a los gracejos
“esos son los demonios que Cristo echó fuera y festejan que fue
crucificado”. Yo no lo creo.
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| Por ahí se puede apreciar El Diablo, todo ataviado de rojo. |
Ameht Rivera/Publicado en la revista Horal de CONECULTA, Abril 2009.
Fotos de: Darinel Zacarías.
Post Scriptvm: acá pueden ver un video de Los Gracejos haciendo de las suyas en alguna calle de Cacahoatán.



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