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martes, 19 de marzo de 2013

El amor antes y después de Sabines.


Yo conocí a Jaime Sabines -a su obra- en la biblioteca pública de mi pueblo. Leí algunos poemas y escapé del silencio ensordecedor que habita esos soledosos espacios públicos. Yo estaba cursando la preparatoria, una que, por cierto, se llamaba: Jaime Sabines Gutiérrez. 

Luego pasó algún tiempo y me vi dando clases de guitarra en la Casa de la Cultura de Tuxtla Chico, pueblo vecino; ahí fue donde me reencontré con don Jaime. En un pequeño estante de libros de dicha institución me puse a hurgar y dio conmigo un tomo titulado "Uno es el poeta" mismo que era una compilación de ensayos y entrevistas al rededor de la obra de Jaime Sabines compilado por Mónica Mansour. Presté el libro y jamás lo devolví. 

Desde ahí tengo una perspectiva distinta de este poeta, puesto que al leer y releer las entrevistas lo primero que pude advertir es que, contrario a lo que se piensa, Jaime Sabines era un hombre inteligente, no era pues el poeta socarrón que describían en sus educados ensayos los críticos del altiplano. Así pues su obra, es decir, su manera de acometer el poema, no era una suerte, un hallazgo, ni mucho menos, sino la sólida propuesta literaria de alguien que supo tantear el espíritu de su época y proponer un remedio para el estéril academicismo que padecía la poesía mexicana de ese entonces.

Me sorprendían algunas de sus respuestas "asesinemos a las rosas" proponía sin ningún pudor. No quería siquiera, como Vicente Huidobro, hacerla florecer en el poema. Pero la obra de Sabines va mucho más allá. Recuerdo, por ejemplo, la reveladora -para su época- descripción de la mujer en su poema Otra Carta: "Imperfecta, mortal, hija de hombres, verdadera" cuatro gruesos y sonoros clavos al ataúd del ideal romántico, y es que desde la intromisión del Romanticismo en la poesía y con ello la idealización de la mujer, ésta era representada en los poemas con adjetivos como: angelical, divina, creación de Dios, inasible, etc. Trato pues, de contraponer los adjetivos de Sabines con los comunes de los poetas decimonónicos para enfatizar las diferencias. 

Entonces, la poesía de Jaime Sabines más que cualquier otra cosa es para mí, ante todo, una cosmovisión. Una manera -otra- de entender el mundo, de enseñárnoslo a través de la poesía. Sin recatos, sin pudor, sin remordimientos morales. Como el mismo poeta dijo de sí mismo "vine a darle un poco de carne y aire a la poesía de México". 

En ese orden de ideas su poema, El Poema, Los Amorosos, más allá de un goce estético nos enseña -cual si fuera un salmo de David- una manera de conducirnos en el amor. Aquí el amor ya no es eterno sino "la prórroga perpetua, siempre el paso siguiente, el otro, el otro" Sabines nos dice que no hay certeza en el amor porque no es un hallazgo, sino una búsqueda insaciable. 

Por eso los amorosos "se ríen... de los que aman a perpetuidad verídicamente" aquí es donde el amante prefiere un momento de breve y profunda poesía y no larga pero vacía prosa. Y viven, además, con una esperanza desahuciada puesto que "esperan, no esperan nada, pero esperan, saben que nunca han de encontrar" así Sabines en unos cuantos versos nos traza la cartografía de la ciudad del amor, y nos hace un retrato hablado del amante, digo amante como un fácil sinónimo, aunque sé que no es lo mismo que amoroso; el amoroso es un amante aromado. 

Podríamos escribir muchas más páginas de las que ya se han tintado por la vida y obra de este monolítico poeta, más yo sólo quería saldar aquí esta sucinta deuda de palabras acerca de mi interacción con su legado literario, que dicho sea de paso, yo aunque me sé su lector, no me siento inclinado a imitarlo, ni me siento influido por su obra, más bien su literatura es para mí una filosofía de vida, o más bien una filosofía de amor. Yo soy nomás un amoroso más que anda por cualquier calle llorando la hermosa vida. 





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