Dos
días después de padecer tremenda gripe la tierna Melina decidió
hacer las paces con la regadera, provinciana como era no había
pasado por alto el consejo de su "abue" (como ella cariñosamente le decía) con respecto a abstenerse
de todo contacto con el agua, a no ser por meras necesidades
fisiológicas mientras tuviese tan contagioso malestar. La joven, pero obediente Melisa realizó mecánicamente todos los pasos propios del caso en
el estricto orden que le fue enseñado cuando niña: primero los
zapatos, luego la ropa, conectar la regadera, luego
abrir la llave de paso para que salga el agua, cuidando no excederse
de cuatro vueltas, pues bien podría terminar entre sus manos y verse
en la necesidad de llamar al plomero más cercano o alguna otra
inocente víctima de su tierna sonrisa; mojarse el cuerpo, untarse
jabón –primero la cabeza, después el resto del cuerpo– hasta
terminar el litúrgico acto.
Melina
salió del baño tiritando de frió con una toalla atada en el pecho
asegurada con una o dos vueltas –las vueltas son directamente
proporcionales a la cantidad de lípidos acumulados en el cuerpo– y
otra enrollada sobre su larga cabellera, subió hasta su cuarto y ya
estando dentro comenzó con la limpieza facial de rutina, pero antes
de seguir, advirtió la presencia de un intruso dentro de su nariz,
hurgó como de costumbre con el dedo meñique, sí, tal como le fue
instruido por la oportuna viejecilla, el delgado falange de su
meñique encajaba cabalmente con el tamaño de las fosas nasales de su
aguzada nariz, ciertamente la forma cónica del dedo aunada a lo
largo de su uña sin cortar facilitaba la llegada de éste hasta los
lugares mas recónditos de su nariz, que por cierto era hermosa de ver.
Seguramente
el incómodo intruso era efecto de millones de infinitesimales
corpúsculos de polvo atorados en las no menos numerosas vellosidades que impiden el paso de la mayoría de estas partículas hasta los
pulmones, mismas que son causa del constante chorreo de incómodas
secreciones a través de sus fosas nasales.
Melina
insistió hurgando con su uña hasta lograr su cometido, ya teniendo
atrapado al intruso comenzó a descender el dedo cuidando no soltarlo
en el trayecto hacia la intemperie, mas un doloroso tirón a sus
delgados vellos nasales la obligó a detener su minuciosa travesía
advirtiendo con esto la pasmosa antigüedad del inquilino. Seguramente echó
raíces con el tiempo y se revistió, capa tras capa, de las repetidas secreciones
hasta convertirse en un raro híbrido alargado, amorfo, con una mitad
seca y la otra de consistencia viscosa, la cual propició la rápida
captura al intrépido meñique de Melisa.
La
pobre muchacha tenía en ese momento una decisión importante que
tomar: desistir de la dolorosa extracción y dejar que el intruso se
secase hasta salir disparado a la intemperie, víctima de un fuerte
estornudo, o continuar la casi quirúrgica extracción, por dolorosa
que esta fuera. Melina sabía que en tanto más lo meditara sería
mas doloroso, “es tanto como ponerse a pensar en el frió que
produce el primer salpicón de agua cuando uno se baña, mejor es
agarrar desprevenido al cuerpo”, meditó.
Fue
así como de un súbito tirón el moco salió de su cavernoso
escondite, provocando el acto, que una sorprendida lágrima rodara
por la tersa mejilla de Melisa, misma que en su afelpado camino por la
mejilla de la jovencita se topó con el azorado moco, mismo que al no
ser tirado con suficiente fuerza quedose toscamente embarrado entre
la nariz y la boca de Melisa; fue así como el destino del moco y
la lágrima se cruzaron aquel (para ellos) hermosísimo día…
”Te
acuerdas, amor, cuando nos conocimos” –cuestionó tiernamente el
moco a la temblorosa lágrima encorvada ya por el peso de los años–
“sí, pequeño resbaloso” –contestó la vieja lágrima en
tanto con un fuerte estornudo perdió más del 17 % de su acuosa
superficie–. “Yo creo que ese era nuestro destino”– prosiguió
el arrugado moco mientras contemplaba entrañablemente un viejo
retrato con la lágrima de su vida, donde podía verse en primer
plano a él formalmente ataviado de pasa y al lado la fotogénica alegría de todos los invitados que podían verse a través de la
translúcida novia.
El
moco y la lágrima recordaban amorosamente el día en que, según su
minúscula cosmogonía, los unió el destino, quizá ningún
inoportuno humano hubiese osado atreverse a decirles que su relación
era asquerosamente casual. El osado matrimonio nunca procreó
descendencia, fue un amor de lo más puro, de esos en los que no
interviene lo físico, pero ese día, tras una larga plática,
decidieron morirse juntos y se abrazaron tan fuerte y amorosamente
que terminaron felizmente fundidos en una rarísima sustancia, como
un nuevo estado de la materia entre sólido y líquido (plasmático
dirá algún físico refunfuñante) embarrados en una servilleta
casera con la que la tierna Melina se limpió la cara tras la
paralela eyección de la lágrima y el moco.
Así
es como los seres más raros, cuando se encuentran por el camino, se
aman sin tocarse, hasta que por un obscuro misterio la mano del
destino se entromete y todo acaba en la basura, quedando únicamente
el novedoso rastro de un amor puro –como la estela de un cometa que no figura en la predicción de los astrónomos– que sirva de guía para otros
amores disímiles que han de encontrarse por el terso camino de una
mejilla.
Cacahoatán, 2009.
Cacahoatán, 2009.
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