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lunes, 8 de julio de 2013

"¡Aaaaaachú!"

Dos días después de padecer tremenda gripe la tierna Melina decidió hacer las paces con la regadera, provinciana como era no había pasado por alto el consejo de su "abue" (como ella cariñosamente le decía) con respecto a abstenerse de todo contacto con el agua, a no ser por meras necesidades fisiológicas mientras tuviese tan contagioso malestar. La joven, pero obediente Melisa realizó mecánicamente todos los pasos propios del caso en el estricto orden que le fue enseñado cuando niña: primero los zapatos, luego la ropa, conectar la regadera, luego abrir la llave de paso para que salga el agua, cuidando no excederse de cuatro vueltas, pues bien podría terminar entre sus manos y verse en la necesidad de llamar al plomero más cercano o alguna otra inocente víctima de su tierna sonrisa; mojarse el cuerpo, untarse jabón –primero la cabeza, después el resto del cuerpo– hasta terminar el litúrgico acto.

Melina salió del baño tiritando de frió con una toalla atada en el pecho asegurada con una o dos vueltas –las vueltas son directamente proporcionales a la cantidad de lípidos acumulados en el cuerpo– y otra enrollada sobre su larga cabellera, subió hasta su cuarto y ya estando dentro comenzó con la limpieza facial de rutina, pero antes de seguir, advirtió la presencia de un intruso dentro de su nariz, hurgó como de costumbre con el dedo meñique, sí, tal como le fue instruido por la oportuna viejecilla, el delgado falange de su meñique encajaba cabalmente con el tamaño de las fosas nasales de su aguzada nariz, ciertamente la forma cónica del dedo aunada a lo largo de su uña sin cortar facilitaba la llegada de éste hasta los lugares mas recónditos de su nariz, que por cierto era hermosa de ver.

Seguramente el incómodo intruso era efecto de millones de infinitesimales corpúsculos de polvo atorados en las no menos numerosas vellosidades que impiden el paso de la mayoría de estas partículas hasta los pulmones, mismas que son causa del constante chorreo de incómodas secreciones a través de sus fosas nasales.

Melina insistió hurgando con su uña hasta lograr su cometido, ya teniendo atrapado al intruso comenzó a descender el dedo cuidando no soltarlo en el trayecto hacia la intemperie, mas un doloroso tirón a sus delgados vellos nasales la obligó a detener su minuciosa travesía advirtiendo con esto la pasmosa antigüedad del inquilino. Seguramente echó raíces con el tiempo y se revistió, capa tras capa, de las repetidas secreciones hasta convertirse en un raro híbrido alargado, amorfo, con una mitad seca y la otra de consistencia viscosa, la cual propició la rápida captura al intrépido meñique de Melisa.

La pobre muchacha tenía en ese momento una decisión importante que tomar: desistir de la dolorosa extracción y dejar que el intruso se secase hasta salir disparado a la intemperie, víctima de un fuerte estornudo, o continuar la casi quirúrgica extracción, por dolorosa que esta fuera. Melina sabía que en tanto más lo meditara sería mas doloroso, “es tanto como ponerse a pensar en el frió que produce el primer salpicón de agua cuando uno se baña, mejor es agarrar desprevenido al cuerpo”, meditó.

Fue así como de un súbito tirón el moco salió de su cavernoso escondite, provocando el acto, que una sorprendida lágrima rodara por la tersa mejilla de Melisa, misma que en su afelpado camino por la mejilla de la jovencita se topó con el azorado moco, mismo que al no ser tirado con suficiente fuerza quedose toscamente embarrado entre la nariz y la boca de Melisa; fue así como el destino del moco y la lágrima se cruzaron aquel (para ellos) hermosísimo día…

”Te acuerdas, amor, cuando nos conocimos” –cuestionó tiernamente el moco a la temblorosa lágrima encorvada ya por el peso de los años– “sí, pequeño resbaloso” –contestó la vieja lágrima en tanto con un fuerte estornudo perdió más del 17 % de su acuosa superficie–. “Yo creo que ese era nuestro destino”– prosiguió el arrugado moco mientras contemplaba entrañablemente un viejo retrato con la lágrima de su vida, donde podía verse en primer plano a él formalmente ataviado de pasa y al lado la fotogénica alegría de todos los invitados que podían verse a través de la translúcida novia.

El moco y la lágrima recordaban amorosamente el día en que, según su minúscula cosmogonía, los unió el destino, quizá ningún inoportuno humano hubiese osado atreverse a decirles que su relación era asquerosamente casual. El osado matrimonio nunca procreó descendencia, fue un amor de lo más puro, de esos en los que no interviene lo físico, pero ese día, tras una larga plática, decidieron morirse juntos y se abrazaron tan fuerte y amorosamente que terminaron felizmente fundidos en una rarísima sustancia, como un nuevo estado de la materia entre sólido y líquido (plasmático dirá algún físico refunfuñante) embarrados en una servilleta casera con la que la tierna Melina se limpió la cara tras la paralela eyección de la lágrima y el moco.

Así es como los seres más raros, cuando se encuentran por el camino, se aman sin tocarse, hasta que por un obscuro misterio la mano del destino se entromete y todo acaba en la basura, quedando únicamente el novedoso rastro de un amor puro como la estela de un cometa que no figura en la predicción de los astrónomos– que sirva de guía para otros amores disímiles que han de encontrarse por el terso camino de una mejilla. 

Cacahoatán, 2009. 

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