Ayer soñé con un Azul Aristóteles. Lleno de hermosa sabiduría, pletórico de palabras precisas y directas. Era un sol de inteligencia, una luna llena de consejos, una estrella fugaz, como los días; universo ínfimo, átomo gigantesco. Me habló del mar y sus torpes inicios, discurrió sobre la eternidad del fuego; me dijo que el dos no nació del uno, sino que el uno fue el resultado violento de la muerte súbita del dos. Números, versos; la sustancia sempiterna del universo.
El silencio es la música predilecta de Dios. El cosmos, dijo, un solo verso emergido de la boca profética del poeta primero. Después de escucharlo, sin llegar mi mente a comprender, mi alma rebosaba de natural eternidad —no cabía tan amplio ser en el concepto estrecho del sustantivo hombre— Me resigné a mirarlo con mortales ojos, en tanto, una meteórica idea golpeó cual aerolito su elíptica testa, según él la idea primera.
Cayó de su lejano trono de sabio y se arrastró nuevamente por el aciago piso de la divina humanidad: me habló de su amor, de su amor por Ella. Quería decirme algo, vaciar de llanto su pecho mediante ríos de palabras, mas un nudo de recuerdos se enredó fatídicamente a su onírica garganta, pareció hundirse en una ciénaga de angustia de la cual no podía redimirse, ni yo intentar rescatarlo, pues en su afán de subsistir podía también hundirme.
Después de anegarse en el caudal estrepitoso de su llanto, advertí su desahogo —no pregunté— pero él: sufrí de su amor entero —me dijo— le dije besos, le escribí caricias; le esculpí un te quiero en su pecho pétreo. El amor y las palabras son pájaros invisibles. Yo —continuó— le dije el amor, juntos, sin ella saberlo, edificamos una torre personal y altísima que resultó ser Babel. Desde allí arriba me miró su desprecio, me sobrecogió el miedo de perderla teniéndola, de extraviarla en el olvido.
Desde entonces ¡jamás nos volvimos a comprender!: yo decía en versos el amor, ella pedía la algarabía de mis besos rompiendo el suave tímpano de sus labios, dos lenguajes ajenos para un par de corazones discordantes. El amor es la incongruencia tácita de la vida. La vida es esa muerte que sueña ¡ay! que vive. El tiempo es un sol ardiente que nos quema la existencia. El espacio es la ceniza pétrea que el tiempo dejó.
Vos sos el amor que no entiendo. La vida que muero. El sol gélido y distante que no quema esta soledad. La ceniza que no llena mi vacío. Mi lamento más largo, mi angustia mas fina. El terremoto en mi pecho ¡oh epicentro del amor! Mi amor es un jamelgo, dócil-salvaje, huyendo en desbandadas de sangre y emoción.
Me hieres en tu ausencia, en tu costado que no siembro de besos. Me hieres. Más por piedad jamás y nunca me abandones. Un laberinto de luz se abrió y la sombra azul del viejo filósofo se fragmentó con espadas de destellos, el mismo filo refulgente me dio muerte de sueño y despertome a la suave realidad. Había acabado el sueño —el otro, no este al que llamamos vida— triste y compungido me dirigí al armario que guarda celosamente mis libros; rescaté torpemente el de filosofía y ahí estaba el Azul Aristóteles en su lejano trono; impávido, inhumano, cuasi perfecto.
Sentí pena por él, al verlo refugiado entre las doctas páginas de un libro, acaso ocultando la sombra de un amor tras el brillo de sus ideas, siendo cada letra suya —desde la alfa hasta la omega—; una lágrima negra, cada idea un cofre de emoción, cada razón un anhelado beso.
(Publicado en el Memorial del festival LORUGO de las culturas y las artes/Cacahoatán, 2010.)
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