O de Las Cartas de Amor Bibliófilo de Reyes.
Me levanté por el café habitual; en mi tránsito de la cocina a mi habitación, vi un periódico tendido en el sillón (mi hermano tocaba sordamente su guitarra eléctrica a un lado, ya que hace un par de días secuestré el sonido a mi pieza, y es bien sabido que esas guitarras, al no contar con caja de resonancia necesitan de energía para sonar) Me acerqué y secuestré con sigilo el montón de hojas: adiviné algún interés en un par de notas de portada.
En mi casa lo menos habitual es comprar el diario. Hojeé y ojeé, sin mucho interés, las páginas cenicientas de ese periódico local, al llegar a las páginas del medio se desprendió como un raro pétalo, un elegante suplemento del periódico nacional. Miré las fotos de portada, ya que mi desgastada pupila no alcanzaba a descifrar la minúscula tipografía,y, sin abrirlo por el medio, volteé el rotativo para husmear la contraportada.
Mi sorpresa fue etérea, cual la del encuentro con la cosa amada (un encuentro es un suceso inesperado, a un encuentro acordado se le llama cita). Las letras de la palabra "cultura" en mayúsculas dominaban la escena,y, al pie el título en negritas: "Las cartas de amor bibliófilo de Reyes" advertí que la palabra "bibliófilo" no encajaba en el esqueleto literal de la frase; quizá sonaba asaz artificial como el rechinar de un fémur de platino complementando un fósil de dinosaurio. Los que saben de la sinestesia sabrán advertir que un color puede "sonar" y que no es sólo un artificio literario o licencia poética.
Mi sorpresa fue etérea, cual la del encuentro con la cosa amada (un encuentro es un suceso inesperado, a un encuentro acordado se le llama cita). Las letras de la palabra "cultura" en mayúsculas dominaban la escena,y, al pie el título en negritas: "Las cartas de amor bibliófilo de Reyes" advertí que la palabra "bibliófilo" no encajaba en el esqueleto literal de la frase; quizá sonaba asaz artificial como el rechinar de un fémur de platino complementando un fósil de dinosaurio. Los que saben de la sinestesia sabrán advertir que un color puede "sonar" y que no es sólo un artificio literario o licencia poética.
La noticia anunciaba una compilación de la correspondencia del inabarcable Alfonso Reyes con un tal Alexandre A.M. Stols ( tipógrafo holandés). Lo demás es silencio. Líneas arriba omití que cuando mis ojos se percataron de una página entera dedicada a Reyes (el regio vate mejicano) abracé con temblorosa tibieza las elegantes páginas del rotativo.
Aunque ya se han publicado unos 50 epistolarios de A.R. con distintos destinatarios (aquí la cacofonía es ex profeso), entre mis más anheladas están su correspondencia con: Miguel de Unamuno, José Ortega y Gasset, Leopoldo Lugones y J.L. Borges recientemente publicada ésta con el eyaculatorio título de: "discreta efusión" entre otros caprichos que detento. Yo sólo cuento en mi prolíficamente escaso haber reyesiano con un grueso tomo con pasta dura y acartonada del epistolario de A.R. con el dominicano y ateneísta Pedro Henrríquez Ureña, al que debo algunas curiosas delicias de la literatura alfonsina, algo así como un "detrás de páginas" sabroso entremés para un lector empedernido que profesa una apoteósica admiración por su coterráneo y tocayo de abreviaturas Alfonso Reyes.
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